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28 abril, 2008

OLVÍDATE DE MÍ (Sesión de cine en el pequeño mundo de mi amiga agorafóbica)
















ENTRE MONTAUK Y BENIDORM


Ésta es una de nuestras pelis preferidas. Hablo en plural porque me refiero a mi amiga agorafóbica y a mí (no hablo en plural refiriéndome a mis granos y yo, ¿vale?). Gracias a nuestra inexistente vida social nos podemos permitir volver a ver esta película en su sala de proyección, que huele a lejía, cada 3 ó 4 meses. La verdad es que mi amiga agorafóbica y yo nos llevamos de coña. Nos encanta el cine, somos los dos raritos de la leche… Lástima que lo nuestro sea imposible. Básicamente porque ella no soporta el contacto humano y, claro, eso complica un pelín las cosas. Bueno, voy a dejar de fantasear con la única chica que me hace caso y voy a hablar un poco de esta peli, que bien se lo merece.

“Olvídate de mí” es simplemente alucinante. Es una película brillante con un guión genial. La idea en la que se basa la historia es la posibilidad de borrar de tu memoria, mediante un sistema pelín entre rocambolesco y de ir por casa, a la persona que quieres olvidar. Pim, pam, de la noche a la mañana consigues olvidarte de alguien para siempre. ¡VIVA Kaufman y sus ideas! Sin embargo, ¿qué ocurre si te das cuenta (durante el proceso de "borrado") de que no quieres realmente deshacerte de esos recuerdos, borrar a esa persona? Ah, pues esto es lo que ocurre en el film. De hecho, la mayor parte de la historia está en el plano de los recuerdos, es decir, ¡Kaufman nos sitúa dentro de la mente del prota durante casi toda la peli!

Siendo un guión complejo, el bueno de Kaufman nos lleva de aquí para allá viajando en diferentes planos (tiempo y espacio) con una maestría, un talento y un ingenio que me dan ganas de besarle los pies (es un decir).

Charlie Kaufman, el guionista, me tiene alucinado desde hace tiempo. “Cómo ser John Malkovich” ya me dejó con la boca abierta. Si hay algo que valoro, aparte de la gente sin acné, es la imaginación y a este tipo la imaginación le sobra. Personalmente creo que su talento también le viene del hecho de tener un hermano gemelo (con el que elaboró el guión de “Adaptation”) porque yo creo que eso te hace ser distinto. No sé, especialito, vamos. En fin, esto es una chorrada de las buenas, pero como es mi blog la suelto y me quedo tan a gusto.

Lo cierto es que la unión Charlie Kaufman - Michel Gondry (el director) es estupenda pues ambos tienen una creatividad desbordante. Michel Gondry ha estrenado hace poco “Rebobine, por favor” y aunque también tiene momentos gloriosos y muy imaginativos (el guión es del mismo Gondry) no es “Olvídate de mí”. ¡Simplemente porque “Olvídate de mí” es la leche!

Kate Winslet (a la que adoro desde que la descubrí en “Criaturas celestiales”) y Jim Carrey encarnan a la pareja protagonista. Sí, se trata de una historia de amor, poco común pero fantástica.

No sé, ver esta peli es entrar en un mundo fantástico en el que se plantean cuestiones filosóficas, en el que se habla de lo más de hondo de nosotros, las personitas. En fin, es una película preciosa. Sí, lo admito, alguna vez he pensado que sería estupendo estar en Montauk, en esa playa desierta, o en el río Charles congelado (si no sabéis de qué hablo, ¡tenéis que ver la peli ya!) con mi amiga agorafóbica. Pero la realidad es que la única playa que veo es la de Benidorm cuando mi madre y el resto de las chicas de oro me obligan a veranear con ellas. Suerte que existe el cine para huir de mi vida tan penosilla y, sobre todo, suerte que existen pelis redondas y brillantes como “Olvídate de mí”.




“Olvídate de mí” (2004)
(Por cierto, el título original me encanta: “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”)
Dirección: Michel Gondry
Guión: El gran Charlie Kaufman

19 abril, 2008

ELEGY




De inmaduro a podrido y yo no salgo volando


Creo que nunca os he hablado de mi padre. Os contaré lo que le solté a mi psiquiatra en una de mis primeras sesiones. Le dije que mi padre se quedó atrapado bajo la rueda de un tren y que, aunque su cuerpo estaba partido en dos, el tío seguía consciente hasta que el tren echó marcha atrás, un par de metros. Entonces recogieron los trozos de mi padre. Dicho esto, miré hacia la papada de mi psiquiatra y subí, despacio, hasta llegar a sus ojos de morsa. No se lo tragó, claro. Mi psiquiatra es gordo, calvo y un pelín cojo pero no es tonto. Elegíaca de la leche la historia de la pérdida de mi padre pero mentira cochina, claro. La verdad es que mi padre se piró y dejó a mi madre con el marrón (es decir, moi).

El caso es que me he criado rodeado de mujeres (mi madre y el resto de las Chicas de oro, sus amigas) y, claro, digamos que mi visión del mundo es bastante femenina. Por ello, me ha costado meterme en esta peli. ¿Cómo empatizar con un tipo como el prota? Difícil… No, imposible. Quizás por eso tengo la sensación de haber visto la peli pero desde lejos, sin meterme dentro, sin entrar del todo.

Se nota la mano de Isabel Coixet tras la cámara, su personal mirada. Pero también se nota que el guión no es suyo, que no es una historia con el peculiar sello “Coixet” como la estupendísima “Mi vida sin mí” (o incluso “La vida secreta de las palabras” o "Cosas que nunca te dije"). Claro está que uno puede empatizar con la Sarah Polley de “Mi vida sin mí” mucho más que con el tipo hedonista y vanidoso de Elegy. Sin embargo, también así demuestra la amiga Coixet su grandeza, tomando entre manos un ambicioso proyecto de producción americana sin su tipología de personajes femeninos habitual. Afortunadamente, Meyer y Coixet han eliminado mucha testosterona gratuita, lo cual es de agradecer. Gracias, majos.

Esta es una de esas películas en que se dibujan interrogantes de los grandes como por ejemplo: ¿Qué sentido tiene todo esto (la vida y tal)? Los personajes andan perdidos en su circo particular dando absurdas piruetas en un número histriónico y tontorrón. ¿Da el amor sentido a algo? No sé, pero algo así nos plantea la historia. ¿Da el compromiso algún sentido? ¡Que no lo sé! ¿Por qué da miedo que alguien te quiera? ¡Qué sólo soy un adolescente, por Dios!

El título de esta adaptación cinematográfica de la novela de Roth, “El animal moribundo”, ya nos indica que la cosa no es una comedia precisamente y, aunque la palma hasta la script, a mí no me ha hecho sentir nada. Será porque la he visto de lejos, porque la historia no ha conseguido agarrarme y hacerme volar desde mi butaca centradita en la fila ocho y meterme dentro de la historia. En mi absurda opinión, está claro que ver una peli desde lejos no es una buena señal.

La historia de amor que cuenta el film es de esas que fastidia un poco por el tufillo misógino, por ese prota que ve a su amante como un cuerpo, obsesionado por su belleza. Croquetando: obsesionado por sus tetas y por su rostro, que es una obra de arte.
Él es un tipo que no acepta que se ha hecho mayor, que ha envejecido pues, como dice, en su cabeza todo sigue igual. Será verdad ese aforismo lapidario de mi madre y el resto de las Chicas de oro: Los hombres pasan de inmaduros a podridos.

Sin embargo, no recuerdo haber visto un enamoramiento tan palpable como el de Cruz-Kingsley desde aquel film (un pelín ñoño, todo hay que decirlo) en el que Robert De Niro y Meryl Streep se enamoraban en un tren. Es algo mágico y alucinante hacer que el espectador pueda palpar el amor o el enamoramiento. A través de un juego de gestos y miradas que, de repente, uno identifica como reales, como espontáneas ¡y vas y te lo crees! Desde luego, Penélope Cruz hace una interpretación brillante que justifica ir a ver la película, palabra de Guardián.

Resumiendo: El guión es correcto, la peli tiene un ritmo correcto (utilizo el mismo adjetivo porque es el que quiero utilizar y no porque no sepa más ¡Ya vale con el rollo de que los adolescentes somos palurdos!), la dirección personal de Isabel Coixet y su mirada tras la cámara le dan un plus de interés e intimismo a la cinta que es, sobre todo, un duelo interpretativo con Satie de fondo. Sin embargo, yo sí echo de menos a la Isabel Coixet de “Mi vida sin mí” que me metió en la historia un minuto después de sentarme junto a mi amiga agorafóbica en su estupenda sala de proyección, que huele un pelín raro, como a hospital.

Elegy (2008)
Dirección: Isabel Coixet
Guión: Nicholas Meyer
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